Una vida en 1000 palabras.

foto de pixabay

Hola, mi nombre es Carmen García, soy Técnico en Curas Auxiliares de Enfermería, y es un orgullo para mi compartir 3 horas diarias con mi tocaya Carmen, una gran persona de 95 años.

Soy su cuidadora, cada día voy a su casa para convertirme en sus piernas y manos, eso le digo cuando se aflige porque ya su cuerpo no le deja hacer las cosas cotidianas que hasta hace bien poco ella era capaz de hacer sola.

Le digo que no se preocupe que ahora tiene manos y piernas solo que, de forma diferente. Esas manos y esas piernas ahora soy yo.

Bueno, Carmen es una señora menudita y frágil, de 95 años con una lucidez envidiable, es todo un placer escuchar las historias de su vida. Según ella me cuenta es la menor de cuatro hermanos, nació un 18 de diciembre de 1923 en Almería.

Según le contaron nació muy pequeña y con muy poco peso. Les decían a sus padres que no sobreviviría, que era muy debilucha, pero una vecina le decía a su madre que de morirse nada, que, aunque llorara poco cuando lo hacía lo hacía con una fuerza impresionante, ¡¡“esta no se irá”!! le decía la vecina.

Ahora entre risas me dice, “fíjate tú si me vieran ahora, 95 años llevo aquí, ¡quién se lo hubiese imaginado! Ni yo misma nunca hubiese imaginado durar tanto

Me cuenta que cuando era pequeña iba casi todos los niños del pueblo a la escuela, llevando a cuestas la silla donde se sentaban. Se veían todos los niños que iban con su pequeña silla de madera blanca, andando por un camino lleno de piedras. Entre risas me dice” iban con sus batitas todos iguales”.

 Yo le he preguntado qué recuerdos tiene de ella, y dice que apenas nada, “de su cara no recuerdo nada, no tengo ni una foto de ella, con lo que no sé como era, solo tengo un vago recuerdo de una mujer que siempre iba vestida de negro y con una falda larga hasta los pies, apenas nada más, yo era muy pequeña y el recuerdo con los años ha desaparecido”.

Cambia su cara para explicarme que un día cuando ella contaba con tan solo 7 años, al regresar de la escuela le dijeron que su madre había muerto. Fue de repente. Su hermano, al llegar a casa se la encontró tumbada, ya no respiraba.

Después de la muerte de su madre pasaron al cuidado de su padre o más bien al de su hermana María, 4 años mayor que ella, que se hizo cargo de la casa.

Recuerda, con asombrosa lucidez, el inicio de la guerra. Ella tenía 12 años. Esos años los vivió con asombro y sin entender nada. Dice que ellos comían de los frutos que les daban unas pequeñas tierras que tenían.  Pero aun así los alimentos eran escasos. Cuenta que había algo de dinero, pero lo malo era que no había nada para comprar. Pasó hambre, como la gran mayoría de los españoles.

Algo que tiene muy marcado es que mataron a dos curas y al maestro de la escuela en plena calle, y que fueron los rojos. Me dice con asombro “porque los tuvieron que matar, eran buenas personas, sobre todo el maestro, era joven y guapo, dejo dos hijos pequeños, y los niños del pueblo lo queríamos mucho, todavía me pregunto porque lo tuvieron que matar si era un hombre bueno, aun recuerdo su cara perfectamente. Qué asco de guerra, los rojos mataban a los fascistas y los fascistas mataban a los rojos.” Así vivió ella la guerra.

Carmen tiene una gran cicatriz en el brazo, le he preguntado como se la hizo y me cuenta que fue cuando tenía 10 años. Ella estaba en el corral de su casa pelando patatas y otra niña quería llevarse las cascaras para dárselas a sus cerdos. Y ella pensó, “¡¡De eso nada!!, estas son para mis cerdos no para los tuyos”. Y entre risas dice que acabaron en pelea y ella se engancho con el pomo de la puerta. Según ella relata, se hizo una gran brecha que se curó sola, No se lo dijo a nadie. Hoy, a sus 95, la cicatriz se le ve con toda claridad.

Me cuenta que su hermano mayor cuando ella tenía 17 años decidió mandarla a Barcelona con una tía para que la pusiera a trabajar.

Me dice: “llegué aquí el día 23 de octubre de 1941, después de 8 días de travesía en un barco que se llamaba MARIA R, un viaje penoso, el agua entraba por todos sitios, y dormíamos como podíamos porque no había ni sillas ni para sentarse, era un barco de la guerra imagínate, una porquería”. “Yo venía sola, con gente del pueblo, pero sin ningún familiar, la verdad es que me sentí muy rara, bueno, más que rara diferente”.

Con una foto en la mano me enseña que ese día de la foto fue el mismo día que llegó aquí. “Llevaba un abrigo que me iba grande”, me dice, “me lo dejó mi tía porque yo no tenía, y ¡¡hacía un friooo!!”. No para de reír mientras mira la foto,” fíjate que pinta tengo, con lo presumida que yo era”, “a mi me gustaba mucho ir bien vestida, era muy presumida, pero como el dinero no daba para mucho. Yo cuando veía a una chica que iba bien vestida me imaginaba que la ropa la llevaba yo, me ilusionaba yo sola……fíjate que tiempos”.

Una vez en Sabadell empezó a trabajar sirviendo en casa de unos señores catalanes. “Lo pasé fatal”, dice. “Claro, ellos hablaban en catalán y yo no entendía nada, lo pasé mal hasta que me acostumbré”.

Estando allí, ya con 18 años me vino la menstruación”, “¡¡uyuyuy…. que horror!!, a mí nadie me había explicado que eso existía con lo que yo pensé que me estaba muriendo”, “fue horroroso, hasta que la Señora se dio cuenta que algo me pasaba y me preguntó”, “yo le expliqué y ella se echo a reír y me dijo lo que era aquello”, “sentí un gran alivio, no me estaba muriendo, y me explicó lo que tendría que hacer a partir de entonces”.

A los 24 años se casó con José y tuvieron un solo hijo. Luego estuvo trabajando durante 30 años en una fábrica textil en turno de tarde, y por las mañanas se dedicaba en cuerpo y alma a las labores de casa. “De casa al trabajo y el trabajo a casa”, decía.

Carmen se ha valido por si sola hasta hace unos meses. Le diagnosticaron una insuficiencia venosa de extremidades inferiores con isquemia en varios dedos. Decidieron no operarla dada la edad que tiene. Le dieron de alta del hospital sin tratamiento posible. Tan solo calmar el dolor que sufre y mantener las curas que sean necesarias. Le quedaría esperar a que la enfermedad evolucionara. Fue entonces cuando me contrataron para cuidarla. Inicialmente unas horas para descanso de su hijo, pero me quede por que la enfermedad iría a más y Carmen estaría cada día más necesitada. 

Ahora como ella me dice las piernas no le responden, ya no tiene fuerza para hacer casi nada de lo que hacía, eso la deprime enormemente, me dice: “mi pensamiento es el mismo, tengo las mismas ganas de hacerlo todo, pero hija…no puedo, mi cuerpo no obedece a mi mente”. Esa es su gran debilidad. Aun así, cuando me descuido ya se ha levantado para hacer sus tareas del hogar. Se hace su cama, se asea continuamente cada vez que va al servicio, y aunque le digo que no debe estar en pie mucho rato a la que me doy la vuelta me la encuentro ayudándome en las tareas. Necesita seguir sintiéndose útil, pero ahora ya necesita caminador para evitar caerse de nuevo en casa mientras intenta ser independiente y autónoma.

Dice que ya esta preparada para irse, que no pinta nada en este mundo, “Con los años que ya he vivido, y para vivir así, para que quiero seguir aquí, además tu que estas conmigo cada día ya ves para lo que sirvo, me he convertido en un “pegote”, a ver si ya se acuerdan de mi y me voy ya.

todas las personas que ido conociendo ya descansan en paz, pues eso quiero yo, descansar. Estas son ahora sus pensamientos diarios. “Aquí que futuro tengo ya. El único futuro con mis años es esperar la muerte, mira, a mis años y para ya no poder hacer las cosas que hacía y necesitar ayuda para todo. Y reflexionando continúa con su discurso, “pues pienso que para mí la muerte será una liberación, así que la espero con tranquilidad, pero claro solo espero no sufrir y no hacer sufrir. Por lo demás la espero con resignación”.

Y así, entre lágrimas, mi pequeña gran Carmen espera con resignación descansar en paz, pero mientras yo me voy curtiendo con sus historias e intentando que su día a día no sea tan duro. Mi objetivo ahora es verla sonreír y que pueda tener una despedida de final de vida lo más digna posible. Una despedida tranquila para una gran mujer de 95 años.

El 2 de julio Carmen se fue para siempre, su cuerpo menudo y abatido por el tiempo quedó inerte. Tuve la suerte de poder estar ahí, junto a ella, abrazar su mano mientras llegaba el momento del adiós eterno. Como cuidadora y amiga, viví su ida con calma y tranquilidad, estaba siendo como ella pidió, sin sufrimiento, tumbada en su cama, con su hijo cerca. Con la gran suerte de poder despedirse de él, las últimas palabras hacia el fueron, te quiero, me pareció tierno y emotivo. También pensé en toda esa vida vivida, en mis conversaciones enriquecedoras con ella, una vida tan larga y apagada en un segundo. Se fue sin temor a la muerte, esperándola con resignación, he incluso con ganas.
Me quedé con una reflexión, nunca me hubiese contado su vida de no haberla vivido, y nunca la hubiese vivido de no haber muerto.

No hay historia de una vida si no hay muerte, puesto que si no hay muerte, es porque nunca se estuvo vivo.

Carmen

Minerva San Nicolás: Esta historia me la pasó mi compañera y amiga Carmen, cuando yo dirigía una revista sanitaria y he querido difundirla ya que no pudo ser mostrada como se merecía. Espero que os haya gustado. Si es así, podéis darle a me gusta para que podamos saberlo. Muchas gracias.

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