Historia de mi Manzano

Historias de nuestros lectores

Por Cocarutas

                                             

Buenos días, hoy el viejo os cuenta una historia propia de su edad, no me lo toméis a mal, no sé el por qué, pero no acuden a mi memoria las vivencias y cariños que a menudo recibo de mis amigos recientemente, solo vienen a mi memoria las historias vividas en mi juventud, debe ser cosa del Alzheimer, por desgracia también tengo experiencia en eso, no os lo cuento, total no lo entenderíais hasta que tengáis mi edad, el caso es que me recordé de una cosa que me pasó en mi juventud, pero que sigue teniendo sentido también en la actualidad.

Para que podáis situaros, me sucedió un día de septiembre de 1955, deambulando por el pueblo después de salir de la escuela con siete años, me gustaban las manzanas de un vecino, eran grandes y dulces, cuando empezaban a estar en su grado optimo de madurez, se empezaban  a poner coloradas en el lado que les daba más el sol, un día fui a robar un par de ellas, (si las pedía no me las daban) mientras las cogía subido al manzano, el vecino no dormía la siesta y descargó una lluvia de piedras sobre mí, salté corriendo y salí por el sitio equivocado, justo donde me esperaba él, la primera acción fue cogerme del pecho, levantarme a la altura de su cara, ¡Ya te tengo ladrón de manzanas! Luego las amenazas y consejos que él creía que debía darme para escarmiento, cuando se le acabaron todas se calmó y me preguntó ¿Por qué robas mis manzanas?

Algo acojonado y consciente que era yo el más débil, le explique mi versión, verá señor José, “quise probar sus manzanas porque me parecen hermosas, yo quería plantar un manzano, dentro de unos años tendré un manzano como el suyo” eso cambia las cosas, es una iniciativa que te honra, yo planté este  cuando tenía tu edad, hoy es mi orgullo, no hay manzanas que yo saboree con tanto placer, toma, llévate estas cuatro, mira esta guía nueva que sale de una raíz, en invierno la injertaré, la iré cubriendo de tierra para que pueda echar raíces, si sabes esperar y la trasplantas a tu huerto en unos años tendrás las mejores manzanas y serán tuyas, te las habrás merecido.

Al año siguiente en otoño cuando el árbol se toma su pausa invernal, fui arrancar el nuevo manzano, que el propio vecino me ayudó a arrancar, marché corriendo a plantarlo en mi huerto, cuando la estaba plantando, otro vecino viejo, el cual yo creía sabio, siempre tenía los mejores productos en su huerta, me dijo que tenía que plantarlo bien, sobre todo ponerle muchas piedras en la raíz para que el viento no lo arrancara, sus raíces se filtrarían en medio de las piedras y conseguirían un bloque que ni los huracanes conseguirían vencer, suerte que mis fuerzas no podían con piedras muy grandes y puse unas cuantas que estaban a mi alcance, no tardé en darme cuenta que me daba los consejos que él no seguía, cada pocos días me decía con sorna, ¡Ya están maduras las manzanas!, ¡Te vas a engordar con las manzanas! Etc.

A pesar de mi poca experiencia hortelana, el manzano se hizo grande, en pocos años saboreaba las mejores manzanas, incluso mejores que las del tío José, un día, el tío José estaba un poco pachucho con sus achaques de viejo y algo de gripe, fui a mi manzano, cogí las cuatro manzanas más hermosa que tenía mi manzano para devolverle las que él me había dado, fui a verle, después de interesarme por su salud, saque de una bolsa que llevaba las cuatro manzanas, (Tome don José, estas manzanas llevan algo de su vida, su sabiduría me ha enseñado lo que tal vez ningún catedrático podría enseñarme, amar la naturaleza y distinguir a los buenos hombres del resto de personas) vine a darle todas mis fuerzas y desearle que se recupere pronto, no puede usted morirse tan pronto, sigue siendo necesario en este pueblo, se emocionó tanto que no pudo ni siquiera balbucear una palabra, lloró un rato, cuando recuperó un poco de aliento me dijo, (Quería decirte tantas cosas que ahora no puedo expresar, menos mal que seguro que tú has leído hasta mis ideas) no puedo morirme todavía, tengo a dos manzanos que contemplar.

Después de cuarenta años un invierno muy duro derrumbó el muro del huerto y con el mi manzano, de nada sirvieron las pocas piedras que deposité en sus raíces, la misma naturaleza que le dio fuerza, también acabó con su existencia, menos mal que José ya no estaba para contemplar la tragedia.

Ahora trataré de enlazar mi historia de niño con la actualidad, hoy sigue habiendo muchas personas como el mal vecino que me recomendó poner las piedras a mi manzano, era un pobre diablillo que llevaba el mal dentro, su obsesión era hacer daño a los demás sin recibir a cambio ningún beneficio, solo un regocijo por haber conseguido hacer el mal, en el fondo no era mala persona, pero sus ansias de superar al mismo demonio le hacían ingeniárselas todas para conseguir su fin.

Hoy hay muchos diablillos que disfrazados de buenas personas, quieren amargarnos la vida contando bulos y medias verdades, retuiteando todo lo que encuentran en la red, sin importarles el daño que nos hacen, algunos amigos míos, no doy crédito, como me pueden bombardear con noticias que ni se molestaron en comprobar si eran ciertas, más de una vez pensé en bloquearlos y quedarme con los buenos, “que también los tengo” aunque pueda contarlos con los dedos de una mano, luego cuando consigo recuperar la calma pienso que solo son unos pobres diablillos que necesitan predicar el mal y el odio, tal vez para sentirse importantes o darle sentido a su vida, ahogando sus frustraciones por no conseguir un mundo a su medida, ruego no abuséis de mi paciencia, algún día se me puede acabar, de momento trato de ignorar lo que publicáis sin sentido, y releo lo que publicáis con sentido común, sé que no conseguiréis vuestro anhelo, somos muchos más los que predicamos el amor por los demás y por nuestro entorno, pero no os extrañéis si un día os borro enfadado o no respondo a vuestra llamada.

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