Después de años –quizá demasiados– de síntomas erráticos, inexplicables, incomprendidos… después de noches en vela preguntándome si esto que me pasa tiene nombre, si alguien más lo vive, si de verdad me estoy volviendo loca… llegó el momento. Ese instante extraño, casi irreal, en el que alguien por fin te dice: “Lo que tienes se llama así.”
Yo, que soy enfermera, debería haber sentido alivio clínico, claridad profesional. Pero en realidad lo que sentí fue algo mucho más humano: una mezcla contradictoria de emociones que me desbordaron.
Por un lado, me inundó una especie de alegría rara, íntima, callada. Alegría porque, por fin, no era solo yo contra el mundo. Porque esto que me pasaba tenía un nombre. Porque no era imaginación, ni ansiedad, ni debilidad. Porque no estaba loca. Era real. Siempre lo fue.
Pero al mismo tiempo, ese nombre traía consigo un nuevo vértigo. Porque apenas sabía qué significaba realmente ese diagnóstico. Porque no venía con una solución bajo el brazo, ni con un tratamiento claro, ni con garantías. Solo venía con una palabra nueva y muchas preguntas. Y un nuevo duelo: el de darme cuenta de que convivir con esto sería un camino largo, incierto y personal.
Me sentí validada… pero también desorientada. Confirmada… pero vulnerable. Era como si una parte de mí quisiera celebrar, mientras otra se sentaba en silencio a digerir todo lo que eso implicaba.
Y en medio de esa montaña rusa emocional, me prometí algo: que aprendería. Que no permitiría que el desconocimiento ganara la partida. Que esa etiqueta no sería el final, sino el principio de un camino diferente. Que, aunque fuera incierto, al menos ya no lo caminaría a ciegas.


