La pseudociencia al servicio de las masas.

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Albert Sánchez. Historiador y Crítico de cine.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

“Lo que veo es que el desinfectante, que mata en un minuto. Igual hay una manera de hacer algo así inyectándolo en el interior, casi como una limpieza, porque, como pueden ver, penetra en los pulmones y tiene un efecto enorme. Sería interesante probarlo. Habrá que usar médicos para hacerlo, pero a mí me parece interesante”.

Donald Trump

El 23 de abril de este pasado 2020, Donald Trump se dirigía a la opinión pública con poco más que su propia ignorancia y arrogancia (algo a lo que ya nos habituemos). Pese a las risas que pudieron ocasionar estas palabras, pronunciadas por el presidente de una de las mayores economías del planeta, es necesario ir más allá de la carcajada o broma del día, y prestar especial atención al origen de esta ignorancia para entender la seria situación en la que nos coloca.


El referente más reciente que tenemos podría ser el movimiento anti-vacunas, auspiciado a partir de una serie de trabajos fraudulentos del ex-médico británico Andrew Wakfield. Para quien necesite refrescar la memoria, en 1998 se publicó un artículo en la revista The Lancet por Wakfield, cuya investigación aseguraba que la vacuna del sarampión y la rubeola tenía una alta probabilidad de que aquellos y aquellas que hubieran sido vacunados tendrían más posibilidades de desarrollar autismo.

El resultado, como no pudo ser de otra manera, desencadenó una oleada de indignación, favorecida por estrellas de Hollywood, como Jim Carrey (Ace Ventura o La máscara), y empleada por grandes medios escritos y televisivos como The Washington Post, Sunday Times o la cadena Fox. Sin embargo, en 2004, la cosa dio un giro inesperado. The Lancet eliminó el artículo tras comprobarse que la investigación era un fraude, incluso salió a la luz que Wakfield había utilizado a amigos de su hijo para llevar a cabo su investigación, sin el consentimiento de los tutores legales de los menores.
El triste desenlace no quedó solo en una retirada del artículo, y la mala praxis de Wakfield. Se saldó con un aumento de casos por sarampión y rubeola en estados norteamericanos donde se creía prácticamente erradicada. Tantos años, como menciona McIntyre, a “pantalla partida” entre retractores y defensores, medios que habían dado alas a la pseudociencia, pasó factura.

En 2015, estas enfermedades repuntaron, hasta convertirse en 2019 en un problema de Seguridad Nacional ante una posible epidemia. La respuesta de los medios, antes citados, fue optar por un tremendo silencio, eliminando de sus programas cualquier individuo que estuviera relacionado con el movimiento anti-vacunas. Aquellos que optaron en su momento por darles voz a favor de una supuesta objetividad informativa, acabaron siendo a medias tintas cómplices de su causa.
También, más allá del movimiento anti-vacunas, podemos centrarnos en la importante industria tabacalera. John Hill, considerado por muchos como el padre de las relaciones comerciales internacionales, congregó en 1953, en el famoso Hotel Plaza de Nueva York, a los máximos representantes de la industria. ¿El motivo? Un estudio que aseguraba que el alquitrán que contenían los cigarrillos favorecía el cáncer en ratones de laboratorio (el estudio fue llevado a cabo por la Dra. Adele B. Croninger, Dr. Evarts A. Graham y Dr. Ernest L. Wynder). ¿Cuál fue la respuesta de la industria? Optaron por no hacerse competencia los unos a los otros, aunando fuerzas contra ese mismo “enemigo” que resultó ser la investigación científica.

Para limpiar su imagen, propiciada por una refutación científica, escogieron también la ciencia como quitamanchas, creando sus propias investigaciones (amparadas en hipotéticas alternativas al estudio Croninger y sus compañeros).
Así pues, tras “arduas” conversaciones empresariales, el 28 de diciembre nacía la llamada Tobacco Industry Research Committee (TIRC). Su objetivo pasaba por asegurar que el mayor número posible de personas entendiera que un “pitillo” no repercutía en su salud. Se servían de la ciencia para acreditar sus ganancias y su mensaje. De esta manera, sembraban la sombra de la duda entre el público y la comunidad científica. Un consenso científico, quebrado por activas campañas publicitarias.

En 1998 decidieron cerrar su sucesor, el Council for Tobacco Research (CTR), con un acuerdo saldado de casi 200 mil millones de dólares para indemnizar a todos los pacientes con cáncer. Junto a este acuerdo, también decidieron publicar documentos que confirmaban que estas empresas eran conocedoras de los graves efectos que causaban en la salud de las personas, y aun así continuaron vendiendo. Un retrato particular de esta confrontación científica, llevada a los tribunales la encontramos en la película El dilema (1999) con Rusell Crowe y Al Pacino.


La constante revisión científica en todas sus investigaciones (la misma revisión por pares, es un ejemplo) por parte de dicha comunidad, debería concebirse como un beneficio propio para con la sociedad. No obstante, este escrutinio constante es utilizado para todo lo contrario. Ese proceso favorece las supuestas teorías e “hipótesis marcianas” de las que se nutre el llamado negacionismo. Y no es de extrañar que la misma fórmula se emplee con la actual pandemia de Covid-19. De esta manera, lo que hemos recibido con escepticismo, en el caso del movimiento anti-vacunas de covid, plantea muchas carcajadas entre los medios de comunicación y nuestro circulo más cercano de amigos y familiares. Empero, estos casos sugieren que lo que entendemos como planteamientos ridículos pueden ser más serios de lo que en realidad parecen ser. Así lo demuestran el ingente trabajo de investigadores e investigadoras de disciplinas tan dispares como la sociología, la química, la medicina o la historia.


Para saber más:
• Lee McIntyre, Posverdad (2016)
• Naomi Oreskes y Erik Conway, Mercaderes de la duda (2018)
• Tara Smith, Digging the rabbit hole, COVID-19 edition: anti-vaccine themes and
the discourse around COVID-19 (2020)
• Hervé Maisonneuve, Affaire Wakefield: 12 ans d’errance car aucun lien entre
autisme et vaccination ROR n’a été montré
• Lucas B. Stolle, Rohit Nalamasu, Fact vs Fallacy: The anti-vaccine discussion
reloaded. (2020)


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